La ciudad despertó desconfiada.No vibrante, no explosiva, sino alerta.Amanda lo sintió en cuanto salió del ático a la mañana siguiente. El aire mismo parecía más tenso, como si Nueva York contuviera la respiración, esperando ver quién tropezaría primero después del cambio sísmico del día anterior.Había salido a la luz pública sin elegir a ninguno de los hermanos.Eso, por sí solo, había reescrito las reglas.Su teléfono ya vibraba con mensajes que no había abierto —bufetes de abogados, grupos de defensa, amenazas anónimas, desconocidos agradeciéndole, desconocidos condenándola—. Los ignoró todos y se concentró en el ritmo constante de su respiración mientras el ascensor descendía.Hoy no se trataba del ruido.Se trataba del control.Cuando las puertas del ascensor se abrieron, un SUV negro la esperaba. Luca estaba a su lado, abrigo impecable, expresión indescifrable.—No tenías que venir —dijo ella.—Quería hacerlo —respondió él—. Es diferente.Amanda lo observó un momento, buscand
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