Jason apoyó los antebrazos sobre la isla de la cocina mientras terminaba de morder la manzana. Desde allí podía observar el movimiento de la casa con una tranquilidad que aún le resultaba extraña. El reloj de pared marcaba las siete de la mañana y, como casi todos los días, cada uno de sus habitantes parecía encontrarse inmerso en su propia rutina. Desde el segundo piso llegaban los pasos apresurados de Niki, que seguramente volvía a quedarse dormido después de pasar media noche encerrado en el laboratorio improvisado que había instalado en el sótano. Tayler, por su parte, hablaba solo en el salón, aunque Jason estaba casi seguro de que discutía con alguno de los espíritus que solían rondarlo desde pequeño. Con él nunca podía saberse.La casa respiraba vida.Algo que todavía le costaba asimilar.Hubo una época en la que despertar significaba comprobar si seguía vivo.Ahora despertaba con el aroma del desayuno, escuchando las discusiones absurdas de sus amigos y soportando las bromas de
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