Solo cuando el agua empezó a enfriarse, Evan la giró suavemente, besándola en la frente, en los labios, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.—Vuelve a la cama —susurró—. Yo te ayudo.Y Abby, exhausta, rendida, completamente suya, solo asintió.La luz de la mañana entraba suave por las cortinas entreabiertas, bañando la habitación en un tono dorado que hacía brillar la piel desnuda de Abby. Dormía de lado, con las muñecas descansando cerca de la almohada, el cabello desparramado sobre la sábana como un río oscuro. Evan la contempló un largo rato desde el borde de la cama, sintiendo esa calma peligrosa que siempre lo invadía cuando ella estaba así: completamente confiada, completamente suya.No habló. No era necesario.Se levantó en silencio, fue hasta el armario y tomó dos corbatas de seda negra que guardaba exactamente para momentos como este. Regresó, se sentó a su lado y, con movimientos lentos y precisos, deslizó una de las corbatas alrededor de las muñecas de Abby
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