El aire frente a la prisión parecía demasiado pesado para respirar. Liam permaneció inmóvil, con los hombros rectos, la mandíbula rígida y los ojos clavados en Alberto, como si aún estuviera decidiendo si había escuchado bien… o si su mente, herida por el encierro, empezaba a traicionarlo.A su lado, Alex sintió que la sangre se le congelaba. Alberto acomodó el puño del saco con una elegancia afectada. La comisura de sus labios seguía cargando aquella sonrisa enfermiza.— Un amigo como tú, Alex… — dijo, inclinando ligeramente la cabeza hacia Liam. — No necesita enemigos. ¿Cómo no le dijiste lo más importante?El mundo pareció detenerse. Liam no parpadeó. No respiró. No se movió. Solo algo en sus ojos se oscureció.Alex dio un paso al frente, cerrando lentamente los puños a los lados del cuerpo.— Basta. — dijo entre dientes.La voz salió baja. Mortalmente controlada. Alberto arqueó una ceja, divertido.— ¿Toqué un punto sensible, doctor? — provocó, limpiando polvo invisible de la mang
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