Edgar abrió la cajita.El anillo no era solo hermoso; era una historia moldeada en metal. La banda, de oro blanco, trazaba una línea continua, sin principio ni final, levemente entrelazada, como dos caminos que se habían separado… y se habían encontrado otra vez.En el centro, un diamante ovalado, firme y luminoso, representaba el amor que permaneció incluso después del dolor. Justo debajo, casi imperceptible, un pequeño diamante invertido, engastado en la base interna de la banda. Invisible para el mundo, pero presente para siempre. Un homenaje silencioso al hijo que habían perdido.Alrededor, pequeños diamantes delicadamente engastados recordaban las marcas del camino: pérdidas, lágrimas, pausas… y renacimientos. No era un anillo hecho para impresionar. Era un anillo hecho para significar. Un símbolo de todo lo que casi los destruyó y, aun así, no logró separarlos.—Yo no quiero un amor sin cicatrices. Quiero un amor que atraviese. Que sepa de dónde vino y, aun así, elija quedarse.
Leer más