Se llamaba Andrés.Isadora tardó un segundo en separar el nombre de su asociación más inmediata, pero lo hizo. Este Andrés era completamente distinto. Treinta y ocho años. Barba corta. Gafas de montura delgada. El tipo de hombre que lleva libros en la mochila no porque quiera parecer interesante sino porque los necesita.Llegó con María diez minutos tarde, que era exactamente la puntualidad de María.Llevaba vino.Dante lo miró al vino. Después lo miró a él. Después al vino otra vez.—Gracias —dijo, aceptando la botella con la expresión de quien está calibrando.—Buena elección —dijo Marcos, mirando la etiqueta—. ¿Sabes de vinos?—Sé que María me dijo que al primo le gusta el tinto y que investigué.Marcos lo miró.—Me caes bien —dijo.—Gracias. Creo.Se sentaron. La mesa estaba llena otra vez, ese estado que se había vuelto normal: Marcos, Elena, Sofía, María, Andrés, Dante, Isadora. Ernesto en la hamaca junto a la pared porque Ernesto todavía no cenaba en la mesa pero parecía disfru
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