Lo solté solo para propinarle un rodillazo en las costillas que lo dejó sin aire. Luego, el mundo se volvió un borrón de violencia. Lo golpeé una, dos, diez veces. Cada golpe era, por cada pastilla que él le suministró, por cada vez que la hizo sentir que no valía nada. Sus amigos intentaron intervenir, pero los despaché con la eficiencia de alguien que ha peleado en guerras de verdad. Uno de ellos terminó con el brazo roto y los otros dos huyeron despavoridos por la puerta. Vanessa seguía allí, gritando provocaciones, disfrutando del espectáculo de la destrucción. —¡Dale más duro! —gritaba ella—. ¡Eso es lo que ella atrae! ¡Violencia y mierda! ¡Eres igual que nosotros, Donovan! Ignoré sus gritos. Me centré en Julian, que ya no devolvía los golpes. Estaba en el suelo, gimiendo, con el rostro desfigurado. La rabia me cegaba; quería terminar con él, quería que dejara de respirar para que el mundo fuera un lugar más limpi
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