Harold estaba sentado ahí. Y tenía un aspecto mucho peor que el de alguien desaliñado.Tenía las manos atadas detrás del respaldo con gruesas amarras de plástico que se le clavaban en las muñecas hasta dejarle la piel en carne viva y enrojecida. La camisa fina que llevaba antes ahora estaba arrugada y rasgada, y le faltaban varios botones. Polvo y sangre seca le manchaban el pecho y las mangas.En su cara ya no quedaba ni rastro de la expresión tranquila que solía mantener.Tenía la comisura de la boca partida y un hilo de sangre seca le bajaba hasta el mentón. Una mejilla se le había hinchado de mala manera y los moretones, rojos y morados, se le extendían bajo el ojo. El párpado izquierdo le colgaba entreabierto por la inflamación, mientras que el otro ojo estaba inyectado en sangre, con diminutos vasos reventados por todo el blanco.Cada respiración le salía pesada; el pecho le subía despacio, dolorido, como si hasta respirar le doliera.Sus zapatos de cuero lustrado ya no estaban.
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