—Chris, no te pases —advirtió Daven.Chris giró la cabeza. Todavía tenía el puño suspendido en el aire, cerrado con fuerza, y una mancha de sangre visible en uno de los nudillos.—¿Pasarme? —le dijo a Daven con desprecio—. Esto no es nada.Sin avisar, Chris lanzó otro puñetazo. ¡Pum!Noel se tambaleó hacia un lado. La silla en la que estaba sentado raspó bruscamente el piso, chirrió y terminó volcándose. Nadie podía decir cuántas veces Chris lo había golpeado ya, pero ese puñetazo fue mucho más fuerte. Le dio en la mandíbula y le torció la cabeza hacia un lado hasta que chocó contra el borde de la mesa. El golpe sonó seco, helado, como algo que jamás debió ocurrir en una sala tan estéril.—¡Agh! —gimió Noel.—¡¿TIENES IDEA DE LO QUE HICISTE?! —rugió Chris, y el grito retumbó en toda la sala—. ¡¿SABES LO QUE ESPERÁBAMOS QUE NOS DIJERAN ESOS RESULTADOS?!Noel jadeó, aturdido. Levantó las manos, no para defenderse, sino para cubrirse la cara y los dedos. El instinto se le adelantó a la ra
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