Al día siguiente, antes incluso de que los pájaros comenzaran a cantar, Gael ya estaba en el jardín.Desde la ventana de su habitación, Damián lo observaba, mirando la figura erguida que esperaba abajo. Gael estaba listo, atento, ansioso por comenzar.Y Damián… no sentía nada.Lo notó con claridad. Ningún estremecimiento, ninguna calidez en el pecho, ninguna inquietud por descender corriendo. El sello cumplía su función. Lo mantenía estable, protegido, distante.Un suspiro leve escapó de sus labios. Se sentía aliviado.Podía mirarlo sin que el corazón se le desbordara, podía estar cerca de él sin temor a perder el control. Gracias al sello, todo parecía bajo dominio.Se preparó sin prisa. Se vistió con calma, ajustó su cinturón, acomodó la empuñadura de su espada. No apresuró el paso, no le preocupó hacer esperar a Gael. Aquella ausencia de ansiedad era extraña, pero también cómoda.Finalmente descendió al jardín con su espada en mano.—Buenos días, General —saludó con formalidad—. Ve
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