Capítulo 71Arya.Las raíces de las Tierras Muertas se enroscaron en mis tobillos con la fuerza de grilletes de hierro, arrastrándome hacia la neblina espesa que se formaba sobre el pantano. Akira, mi loba, rugía en el fondo de mi mente, pero el agotamiento de la pelea con Lior y el frío de la sierra habían mermado nuestras defensas.—¡Suéltenme! —grité, hundiendo mis uñas en la tierra viscosa, pero solo logré enterrarme más en el fango movedizo.De entre los árboles retorcidos, cuyas ramas parecían dedos esqueléticos apuntando al cielo, salieron varias figuras. No vestían las pieles rudas de los Blackwood, sino túnicas de seda oscura y armaduras de cuero lacado, grabadas con el símbolo del lirio negro.—Vaya, vaya. La pequeña fugitiva ha regresado a casa —una voz femenina, cargada de una dulzura venenosa, cortó el aire—. Y pensar que te dábamos por muerta en las garras de ese Alfa salvaje.Euvic, mi madrastra, salió de la bruma. Vestía como una guerrera de élite del Sur, con el cabe
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