El barco viró bruscamente hacia la orilla opuesta mientras flechas llovían desde ambos lados del río, y Neferet comprendió que la guerra por Egipto acababa de comenzar realmente.El silbido mortal de los proyectiles cortaba el aire matutino. Satiah manejaba el timón con manos firmes mientras el agua del Nilo salpicaba sobre la cubierta de madera astillada. A estribor, los soldados de Seti disparaban desde la orilla este; a babor, las tropas del falso Nakhtmin respondían desde la oeste. Atrapados entre dos fuegos, su pequeña embarcación se había convertido en el objetivo de ambos ejércitos.—¡Agáchense! —gritó Amenhotep, empujando a Neferet hacia las tablas húmedas mientras una flecha se clavaba en el mástil, justo donde había estado su cabeza segundos antes.Neferet apretó a Tutankhamun contra su pecho. El bebé lloraba, sus pequeños puños agitándose en el aire cargado de peligro. Las marcas oscuras en su piel pulsaban débilmente, como si respondieran al caos que
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