Amenhotep habló con su padre dos días después.No le contó a Neferet los detalles de esa conversación, y ella no los pidió, porque había aprendido, a lo largo de los meses, que había momentos que pertenecían completamente a él y que pedir más de lo que él elegía compartir habría sido pedir algo que no le correspondía a ella tener. Lo que sí notó, cuando él regresó esa tarde a sus aposentos compartidos, fue un cambio sutil en la manera en que llevaba los hombros: menos peso, no porque el dolor hubiera desaparecido sino porque algo que había cargado en secreto, sin saber que lo cargaba, finalmente tenía nombre y por lo tanto podía descansar en un lugar distinto al que ocupaba antes.Esa noche, en el alféizar de la ventana, con el jardín oscuro extendiéndose más allá de los muros del palacio y el Nilo corriendo su curso invisible pero presente en el aire húmedo que llegaba con la brisa, hablaron de lo que se hereda.—Mi padre me dijo algo más —dijo Amenhotep, después de un silencio que h
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