El sol apenas comenzaba a ascender por la ladera del rascacielos del centro, tiñendo las plantas superiores de un cálido color dorado. La luz incidía en los ventanales en el ángulo justo y los hacía brillar con fuerza, casi como si ardieran. Abajo, en la planta baja, todo seguía bastante tranquilo: quizá algún que otro coche pasando, alguna gente en ropa deportiva trotando, alguien paseando a su perro.Pero arriba, en la planta ejecutiva, el día ya estaba en pleno apogeo. Los ascensores no paraban de sonar. Cada vez que se abrían las puertas metálicas, más gente con trajes caros salía al pasillo. Llevaban maletines de cuero bajo el brazo y los móviles pegados a las orejas, enfrascados ya en conversaciones sobre contratos, plazos y proyecciones trimestrales. El taconeo de los tacones de las mujeres y el repiqueteo de los zapatos de vestir de los hombres creaban un ritmo constante contra el mármol pulido. Todo ese ruido de la calle desde abajo —las bocinas de los taxis, el chirrido de l
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