El crepúsculo teñía el cielo de tonos cálidos cuando Fiorina, con una mezcla de nervios y deseo, deslizó suavemente la tanga blanca hacia un lado, dejando su piel húmeda, más sensible e íntima, al descubierto. Sus manos temblaban apenas, pero su mirada firme reflejaba la confianza que sentía al estar con ese hombre que la amaba. Con delicadeza, levantó el vestido por encima de su cabeza, dejándolo caer en pliegues suaves sobre el suelo, revelando la piel que Giorgio había anhelado desde que ingresaron a la casa. Él la observaba con los ojos llenos de admiración y deseo, la luz del ocaso acariciando sus rostros mientras ella se acomodaba lentamente sobre él. Con movimientos pausados, ella se acomodó, sintiendo cómo la masculinidad erecta de él la iba penetrando cada vez más profundo. —Aahhh Gio, umm… —gimió ella sin poder evitarlo. Él sintió la humedad de su mujer que lo envolvía, la calidez íntima de su feminidad que los unía en un instante suspendido. El silencio se l
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