Fiorina respiró hondo, entendía que sus padres solo querían mencionar orgullosos al mundo, que su hija nunca estuvo muerta. Que todo fue un terrible crímen contra los Ricciardi, y que a partir de ese momento, ella volvería a tomar todo lo que le pertenecía como hija de esa casa. —Está bien… —sonrió ella. Con un brillo genuino de alegría en sus hermosos ojos verdes. La reacción fue inmediata y cálida, y por un instante todo pareció ligero, hablaron de fechas, de invitados, de seguridad, de detalles que en otra vida habrían sido normales. Pero para Fiorina el aire empezó a volverse demasiado denso. Matteo mencionó su habitación infantil en tono de broma. —Sigue exactamente igual. Mamá no dejó que nadie tocara nada. Eso fue suficiente. El recuerdo no llegó como imagen sino como sensación, la altura de la ventana, la caja de música, el escritorio donde dibujaba. Su respiración cambió. Giorgio lo notó al instante. —¿Quieres subir? —murmuró él. Ella asintió. Lucrecia entend
Leer más