Gregório besaba a Melissa de forma posesiva y dominante, con una mano sujetando sus muñecas por encima de la cabeza contra la puerta, y la otra sosteniéndole la cintura, presionando sus cuerpos.Al minuto siguiente, Melissa se vio arrojada a la cama, con Gregório besando su cuello de forma agresiva, urgente y necesitada como un lobo hambriento desde hacía meses. Con las muñecas aún sujetas, ella solo podía derramar lágrimas, pensando en cómo él no era diferente de todos los hombres que solo deseaban su cuerpo. Y lo que más la hería era que fuera precisamente él, el hombre que debía cuidarla y protegerla, el hombre que le gustaba, quien le estaba haciendo aquello.Gregório introdujo la mano dentro de la blusa de Melissa, subiendo y acariciando la piel lisa, sedosa e inmaculada que jamás había sido tocada por ningún hombre. Su deseo solo aumentaba con la idea de ser el primero en tocarla. Sin embargo, cuando estaba a punto de alcanzar su pecho, su mano se detuvo al oír el sollozo de un
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