Tercera personaEn el momento en que sus miradas se cruzaron, el ruido del salón pareció desvanecerse.Fue como si toda la sala se hubiera reducido a solo ellas dos —Sharon y Elena— de pie en extremos opuestos de una línea invisible, ninguna dispuesta a parpadear primero. Las luces brillantes, los murmullos de los invitados, el tintineo de las copas, todo se disolvió en la nada. Solo quedaba la tensión, afilada y asfixiante, extendiéndose entre ellas como un cable tensado al máximo, a punto de romperse.Sharon lo notó.Notó la forma en que los ojos de Lucien se demoraron en Elena un segundo de más. El guiño sutil que le dedicó, casual e íntimo de una manera que le revolvió el estómago. La sonrisa que Elena ni siquiera se molestó en ocultar: lenta, satisfecha, casi triunfal. Y Elena se aseguró de que lo viera: sostuvo la mirada de Lucien deliberadamente, sus labios curvándose despacio, con conocimiento, justo lo suficiente para que Sharon lo notara. Justo lo suficiente para que doliera
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