Lía no pudo más. Su corazón, su cuerpo, su alma… todo gritaba su nombre. Dio un paso hacia él y, temblando, lo besó.Fue un beso desesperado, lleno de culpa, deseo y amor. Jorge respondió con la misma intensidad, hundiendo una mano en su cabello, apretándola contra sí como si temiera que desapareciera.El tiempo se detuvo. El mundo quedó reducido a dos cuerpos que aún se reconocían entre la locura y el recuerdo. Por un instante, se olvidaron de todo. Del apellido Cancino, de Nicolás, del pasado y del futuro. Solo existía ese beso: profundo, tembloroso, ardiente.Pero de pronto, la razón lo golpeó. Jorge se separó de golpe, con el pecho agitado, la mirada encendida de deseo y rabia. Retrocedió un paso, respirando con dificultad.—No… —murmuró, casi con dolor—. No puedo.Lía lo miró, confundida, con los labios aún temblando.—Jorge…Él negó con la cabeza, apretando los puños.—Eres la esposa de mi padre. —Su voz se quebró al decirlo—. ¡La esposa de mi padre, Lía!La miró por un largo ins
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