En la habitación contigua, Ceida se dejó caer sobre la cama, con las manos cubriéndose el rostro. Las lágrimas brotaron sin control, profundas, desgarradoras. Su mente era un torbellino: imágenes de Augusto, el accidente, las mentiras, la bebé, y ahora, su hija casada con un Cancino.—¿Qué hiciste, Lía…? —susurró entre sollozos—. ¿Qué hiciste, hija mía?Pasaron varios minutos antes de que la puerta volviera a abrirse. Ceida, todavía con los ojos hinchados, salió al pasillo y caminó hasta la sala, donde Nicolás la esperaba de pie, con las manos cruzadas a la espalda.—Necesito hablar con usted —dijo ella con voz tensa.Nicolás asintió, invitándola a sentarse, pero Ceida permaneció de pie. —Sea claro conmigo, señor Cancino —exigió—. ¿Qué pretende con mi hija? ¿Por qué casarse con ella después de todo lo que su familia nos hizo?Él la miró directamente, sin apartar la vista ni un segundo. —No fue un matrimonio por amor, señora —admitió con honestidad—. Fue una unión necesaria par
Ler mais