El escándalo de la noche anterior, con Alessandro Vieri besando públicamente a la hija del arruinado Reyes, no tardó en llegar a oídos de Los Moretti. La familia rival, con ambiciones tan antiguas como la de Demian, pero con un enfoque más frío y oportunista, vio su ventana. Durante años, habían esperado el momento perfecto para atacar la Costa Norte sin causar un baño de sangre que atrajera la atención del gobierno. El conflicto Vieri era un regalo. En una villa discreta en las afueras de la ciudad, Silvio Moretti, el patriarca, fumaba un puro cubano, observando las imágenes granuladas de Alessandro y Aurora saliendo del museo. A su lado, su hijo, Dario Moretti, el ejecutor principal, sonreía con una crueldad contenida. —Mi padre siempre dijo que los Vieri eran vulnerables, Silvio —dijo Dario, con voz untuosa—. Leales hasta la estupidez. Demian rompió el código al engañar, pero Alessandro... él ha roto el código al sentir. O al menos, al fingir una posesión que raya en la pasión. La
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