Dante.Finalmente, decidimos llamar al chofer; veníamos cargados con todo lo que habíamos comprado en el supermercado. Cuando bajamos en la entrada del rancho, mi madre apareció corriendo junto a las empleadas y los trabajadores, todos deseosos de ayudar. Nuestros hijos estaban agotados:—Tengo mucho sueño, abuelita… —murmuraron, restregándose los ojitos.—Vengan, mis niños, vamos a dormir —respondió mi madre con ternura—. Entren, entren.Mi esposa se acercó, me tomó la mano y me susurró:—Querido, ¿por qué no vamos a descansar primero? Vamos a dejar todo adentro y preparar lo demás por la mañana.—Ve tú, mi amor, yo te alcanzo enseguida —le propuse.—No, mi amor, quiero ayudarte. Aún tengo fuerzas.En ese momento, mi madre se aproximó con el ceño fruncido de preocupación y preguntó:—Hijo… ¿todo esto es para la casa?—Bueno, madre —respondí con una sonrisa y rascándome la nuca, porque ni yo mismo sabía cómo habíamos terminado con tantas cosas—. Entre mi esposa y yo hicimos compras pa
Ler mais