Con lentitud Amir, bajó el arma, aunque no fue solo eso, también la guardo, y luego, sin apartar la mirada de Jamil, extendió la mano hacia Olivia, quien entendió sin palabras lo que su esposo necesitaba, por lo que sin demora la tomó.Entonces el diablo la guio a uno de los sofás, y se sentaron, Saimon por su parte lo imitó, como un reflejo, arrastrando a Jamil consigo hasta dejarlos caer en el sofá que estaba en frente, aun así, no soltó su muñeca; porque la presión en ella era un ancla, no una cadena, solo un ancla que mantenía a Saimon medianamente tranquilo, y fue entonces que Jamil, alzó la cara, como quien trepa desde el fondo de una piscina.—Hermano. —dijo Amir, y su voz se volvió seda.Jamil lo miró, con los ojos llenos de agua, no de miedo, solo era vergüenza, Amir, lo supo entonces, Jamil nunca huyo de él, sino de Saimon, del amor, de eso que en Turquía estaba prohibido, Jamil huía de la necesidad de ser dueño de su corazón, sin esperar orden alguna.—Yo… —comenzó a decir
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