Lisa. El colchón cruje bajo mi peso cuando caigo, no por la suavidad sino por la violencia con la que soy lanzada. La habitación huele a él: madera oscura, cuero, algo metálico que siempre me recordó al peligro. Las cortinas están corridas y la luz entra apenas, filtrada, como si incluso el día se negara a presenciar lo que ocurre aquí dentro.Mi respiración sale desordenada, entrecortada, mientras mis dedos se clavan en las sábanas que no reconozco como mías. Todo en este cuarto es ajeno, invasivo. Su territorio. Su cueva.—Ahora sí —dice, y su voz no es alta, no necesita serlo—. Cada cosa en su lugar.Se endereza apenas, como si saboreara el momento, como si quisiera que lo vea completo, dueño del espacio, del aire, de mi miedo.—Tú en mi habitación —continúa— y yo a punto de devorarte.Me incorporo de golpe, el corazón golpeándome las costillas con fuerza suficiente como para doler. No pienso, reacciono. La rabia empuja al miedo y me pongo de pie.—Eres un idiota si crees que hará
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