Dios Caos La ira de Caos no llegó con el trueno, sino con un silencio absoluto que hizo que el tiempo mismo se detuviera. El Creador no había olvidado; la sangre de su hija, derramada sobre el suelo de los mortales, era una herida abierta en el tejido de la existencia que clamaba por justicia. Durante un suspiro eterno, el cosmos contuvo el aliento, y entonces, el peso de una divinidad herida cayó sobre la tierra. No fue una tormenta, fue un cataclismo de proporciones universales. El cielo se desgarró, mostrando un abismo de colores imposibles que quemaban la vista. La superficie del mundo empezó a ceder; las montañas, esas gigantes de piedra, se arrodillaron y se convirtieron en polvo ante la sola presencia de su Arquitecto. Los mares se alzaron en muros de agua que pretendían lavar la mancha de la traición, y el aire se volvió fuego frío en los pulmones de cada ser vivo. Los Drekorys, la raza que alguna vez se jactó de su fuerza, no eran más que hormigas ante el pisotón de un
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