Entramos en un palco privado, oculto tras pesadas cortinas de terciopelo rojo. Desde allí se veía la pista de baile, pero nadie podía vernos a nosotros. El aire aquí era más fresco, pero la tensión era insoportable.Félix cerró la cortina y se giró, quitándose el saco del esmoquin. Luca ya estaba encima de mí, acorralándome contra la barandilla del palco.El impacto contra la madera me arrancó un gemido que fue tragado casi de inmediato por el estruendo de la orquesta, pero la dureza de sus manos sobre mis caderas no pedía perdón.—Cinco minutos, Abigail —siseó Félix contra mi nuca, mientras sus manos, expertas en la destrucción y la caricia, levantaban la seda esmeralda de mi vestido con una brusquedad que me hizo temblar—. Nos ocultaste ese mensaje por cinco minutos. Hiciste que dudáramos de nuestra propia capacidad para protegerte, de nuestra soberanía sobre este juego. Y ahora te pavoneas bebiendo Martini, desafiándonos con esa mirada que grita independencia, como si fueras la rei
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