Entré a mi oficina y cerré la puerta con una precisión silenciosa, a pesar de la rabia fría que me hervía la sangre. Mi santuario. Un espacio de madera oscura, cuero sobrio y estanterías llenas de literatura quirúrgica, donde el único sonido permitido era el de mi propia respiración tranquila. La vista sobre Manhattan era un recordatorio de mi posición y de la altura desde la que operaba mi mundo.Me quité la mascarilla y el gorro, respirando hondo. El ambiente aún estaba contaminado por el recuerdo de ese desastre ambulante que era la Dra. Miller. El desorden en el pasillo, el café, el instrumental por el suelo, y, lo peor de todo, su insolencia. Ella había actuado como si yo fuera un mero transeúnte, un estorbo en su jornada caótica.Diez minutos. Ni un segundo más, ni uno menos. Me senté en mi escritorio, puliendo la superficie de nogal con la palma de la mano, un ritual para recuperar la compostura. El control no era solo un método; era una armadura. Y ella, en menos de tres minut
Ler mais