La oficina de la abogada de Nick era un templo dedicado a la eficiencia corporativa. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica que hacía que el caos vibrante de Nueva York pareciera un tablero de ajedrez perfectamente ordenado. Allí, sentada en una silla de cuero que costaba más que mi coche, sentí que no estaba firmando un acta matrimonial, sino vendiendo una subsidiaria de mi propia alma.
El "Acuerdo Prenupcial y de Convivencia" estaba sobre la mesa, un fajo de papeles con el peso d