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Capítulo 4: La Velocidad de Escape

Salí de la oficina de Nick Brown sintiendo que mi piel ardía bajo la bata de laboratorio. No era el calor residual de la calefacción ni la temperatura sofocante que casi nos mata en el quirófano 3; era una furia líquida, hirviente, que amenazaba con brotar de mis poros. Ese hombre no era un médico, era un dios con complejo de pureza que acababa de declararme la guerra santa. Yo había cometido el sacrilegio de sudar en su sagrado templo de acero inoxidable, y él no me lo iba a perdonar.

Me había mantenido firme. Le había gritado a la cara que era tan buena como él, y a cambio, él me había amenazado con borrar mi nombre de la faz de la medicina. El terror era un nudo frío en mi estómago, pero la rabia era un incendio forestal. Había trabajado cada segundo de mi vida para llegar aquí, huyendo del apellido de mi familia —una estirpe de banqueros que odiaba— para ganarme el derecho de sostener un bisturí. Y ahora, el epítome de la perfección construida me quería aplastar simplemente por ser real, por ser humana, por no ser un autómata programado para su deleite.

La guardia terminó oficialmente a las 10:00 PM. Estaba exhausta, mental y físicamente vacía, pero la adrenalina de la confrontación no me dejaba ir. Mis manos, habitualmente firmes, temblaban ligeramente por el agotamiento y el odio acumulado. Decidí que, si mi carrera estaba a punto de implosionar bajo el peso del ego de Nick Brown, al menos merecía un momento para lamer mis heridas y odiarlo en un entorno que no oliera a antiséptico.

No fui a mi apartamento. No quería el silencio de esas cuatro paredes. Fui a un bar oscuro, ruidoso y benditamente sucio en Hell’s Kitchen. Un lugar con olor a serrín y cerveza barata, el tipo de sitio que Nick Brown jamás pisaría por miedo a contaminar sus mocasines italianos. Me senté en la barra y pedí un whiskey, doble, sin hielo. Lo bebí de un trago, sintiendo cómo el fuego líquido bajaba por mi garganta, un antídoto necesario para la frialdad polar que emanaba de mi supervisor.

Estaba a punto de pedir el tercero cuando sentí que el aire a mi espalda cambiaba. Una presencia que reconocería incluso en medio de un bombardeo.

—¿Whiskey solo? Es un gusto adquirido para una residente de primer año que debería estar estudiando para la rotación de mañana —dijo esa voz grave, cargada de una arrogancia que me erizó el vello de la nuca.

Mi corazón dio un vuelco violento. Me giré lentamente y ahí estaba él. El Dr. Nick Brown. Pero no era el Nick Brown del hospital. Vestía un traje oscuro de corte impecable, pero se había quitado la corbata y desabrochado el primer botón de la camisa. Lucía peligrosamente más humano, pero diez veces más letal.

—¿El hospital le ha puesto un rastreador GPS, Doctor? —espeté, volviendo mi atención al vaso vacío—. Creí que usted solo bebía sus perfectos cafés negros mientras repasaba estadísticas de supervivencia.

Se sentó en el taburete vacío a mi lado. El espacio entre nosotros se redujo a nada. Pidió un agua con hielo al barman. Por supuesto. Control absoluto, incluso en un antro de mala muerte.

—Estaba en una cena de gala con el Consejo de Administración. Mi camino de regreso pasa por aquí —mintió. Vi la inquietud en sus ojos grises, una vibración que no encajaba con su postura rígida. La furia del quirófano seguía viva entre nosotros, como un cable de alta tensión pelado.

—Entonces, por favor, no contamine mi ambiente de descontrol con su presencia —le dije, pidiendo otro whiskey.

—Vine a terminar nuestra conversación, Miller. Es inaceptable lo que pasó hoy. Su comportamiento fue una mancha en el historial del departamento.

—¿A qué se refiere exactamente, Doctor? ¿A mi sudor, a mi insolencia o al hecho de que tuve razón sobre la arritmia del paciente Johnson? Sea específico en su condena.

Él se giró hacia mí. Su voz bajó de volumen, volviéndose íntima, casi un susurro que me obligó a prestar una atención peligrosa.

—Ambos. Su insolencia pone en peligro mi autoridad y su falta de control pone en peligro mi trabajo. ¿Por qué le cuesta tanto someterse a la disciplina? Tiene el talento, Miller, lo he visto. ¿Es el privilegio? ¿Es el capricho de la niña rica que juega a ser humilde y se permite ser impulsiva porque sabe que papá siempre pagará la fianza si las cosas salen mal?

El golpe fue tan bajo que sentí cómo el alcohol se me subía de golpe a la cabeza. Cerré los ojos un segundo, sintiendo que la rabia me ahogaba.

—No se atreva a hablar de mi vida o de lo que yo valoro —le respondí, girándome completamente hacia él. Nuestros codos se rozaron. La piel desnuda bajo la manga de mi blusa tocó la tela de su traje. Fue como tocar un enchufe vivo. La electricidad fue inmediata, cruda y aterradora—. Mi padre no me dio nada en el St. Jude, Nick. De hecho, ni siquiera sabe que estoy aquí. Yo no doy mi puesto por sentado como usted, que se cree dueño de la vida y la muerte.

Él se enderezó al escuchar su nombre de pila. Sus ojos se oscurecieron.

—¿Nick? ¿Hemos llegado a ese nivel de familiaridad, Emma? —Su aliento olía a menta fresca; el mío, a pecado y whiskey.

—Es el nivel de la gente que se odia y que ha estado gritándose sobre un pecho abierto todo el día —le devolví el golpe—. Usted me detesta porque soy su caos, la única nota desafinada que no puede corregir. Y yo lo detesto porque usted es mi techo de cristal, la perfección falsa que tengo que romper para poder respirar.

Me miró fijamente. Su máscara de control se fisuró por completo. Vi una intensidad hambrienta en su mirada, una grieta en el hielo que me hizo tambalear. Ya no era el jefe de cirugía; era el hombre que acababa de ser desafiado hasta sus cimientos.

—Usted está agotada, borracha y buscando un límite para cruzar, Miller —me advirtió, y su mano se cerró sobre el borde de la barra con una fuerza innecesaria.

—¿Y usted está aquí, por qué, Brown? ¿Para asegurarse de que lo cruce y así tener una excusa real para destruirme? ¿O es que el "Doctor Perfecto" necesita un poco de mi caos para sentirse vivo?

El silencio que siguió fue denso, pesado como el plomo. Él dejó el vaso de agua intacto. Su mano se quedó a escasos milímetros de la mía.

—Usted no tiene idea de lo que está pidiendo —susurró. Era una advertencia, una amenaza y una promesa.

—Sí lo sé —dije, y el whiskey me dio la audacia de los condenados—. Quiero que mi día termine siendo tan desastroso y fuera de control como usted cree que soy. Pruébeme que tiene sangre en las venas y no solo agua destilada.

Fue un instante. Un solo parpadeo donde el mundo de Nick Brown implosionó. Su mano se cerró sobre mi brazo con una fuerza que no tenía nada de profesional. Era posesiva, casi violenta. Me jaló del taburete con una urgencia que me cortó el aliento.

—Bien, Dra. Miller —me gruñó al oído, y su cercanía me hizo temblar de arriba abajo—. Usted quiere caos. Yo se lo voy a dar. Pero no me culpe cuando el resultado destroce la vida que tanto se esfuerza por proteger.

El resto fue un torbellino impulsivo, una colisión de dos trenes a toda velocidad impulsados por la rabia, el agotamiento y una atracción que habíamos intentado sofocar con protocolos. No hablamos. Me arrastró fuera del bar, ignorando el ruido de Hell’s Kitchen, hasta un hotel boutique a media cuadra. Todo era prisa, una urgencia ilegal, el hambre de dos personas que estaban a segundos de colapsar.

En el ascensor, la tensión era tan espesa que apenas podíamos respirar. Estábamos uno frente al otro, con los abrigos puestos, nuestros ojos fijos en una batalla que ya no era verbal. Cuando las puertas se abrieron, me empujó hacia la habitación, cerrando la puerta con el pie con un golpe que retumbó en mis huesos.

No hubo preludio. Fue una guerra. Me empujó contra la pared y el impacto fue el detonante final. El beso fue una colisión, una lucha de voluntades donde cada uno intentaba devorar al otro. Sus labios eran exigentes, duros, su aliento caliente y furioso. Mis manos se enredaron en su cabello, tirando con una rabia que no era placer, sino una necesidad de desmantelarlo.

Me despojó de la ropa sin delicadeza, escuché el sonido de un botón de mi blusa saltando y rebotando en el suelo. Sus manos, esas manos que operaban con precisión de micras, ahora eran salvajes sobre mi piel, buscando una liberación que ambos nos habíamos negado. Yo no era su subordinada en ese momento; era su perdición, y él me estaba manejando con la brusquedad de un hombre que se odia a sí mismo por ceder.

—No te arrepientas mañana —le jadeé entre besos, una advertencia que era, en realidad, un ruego para mí misma.

—No te atrevas a decir una sola palabra —me gruñó él, y me levantó en vilo, arrojándome sobre la cama con una fuerza que me hizo perder el sentido de la orientación.

Todo fue rápido, impulsivo, una descarga eléctrica que llevábamos meses acumulando. No había ternura, solo la fuerza bruta de dos profesionales despojados de sus armaduras, usando el sexo como un arma, como un castigo mutuo por habernos permitido sentir esa atracción. Cada toque era una venganza; cada gemido, una confesión de que la lógica había muerto a manos del deseo.

Cuando terminó, yacíamos en la oscuridad de esa habitación desconocida, sudorosos, con el corazón latiendo desbocado y el silencio volviendo a reclamar su espacio.

Nick Brown se levantó primero. Incluso en la ruina de esa cama, recuperó su control con una velocidad aterradora. Se vistió con su precisión habitual, cada movimiento estudiado, cada pliegue de su ropa volviendo a su lugar. No me miró.

—Esto —dijo, y su voz volvía a ser ese bloque de hielo cortante, la voz del Dr. Brown que me odiaba— nunca sucedió, Miller.

Me incorporé, envolviéndome en la sábana del hotel y encendiendo la lámpara de la mesilla, desafiándolo a que me mirara a los ojos mientras yo estaba desnuda y él ya estaba blindado de nuevo.

—Dígame eso mañana en el hospital, Doctor. Cuando esté sobrio y la luz del día nos devuelva a la realidad. Porque yo voy a recordarlo todo. Cada segundo de su "falta de control".

Él me miró una última vez antes de salir. Su rostro era una máscara de absoluta y gélida repulsión. Hacia mí. Hacia sí mismo. Hacia lo que acabábamos de destruir.

—Mañana será un desastre aún mayor, Miller —fue lo único que dijo antes de cerrar la puerta.

Me quedé sola, envuelta en el olor a whiskey, sexo y el peso demoledor de saber que acabábamos de quemar nuestras carreras en una sola noche de furia. El caos no solo había llegado; nos había devorado.

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