CaineLlevaba dos días sin salir, no porque no pudiera, sino porque no quería.Las paredes de mi habitación se habían convertido en algo completamente distinto: ni una prisión, ni un refugio, sino un lugar donde todo permanecía exactamente donde lo dejaba. Nada se movía a menos que yo lo permitiera, y nada cambiaba a menos que yo lo obligara.Estaba todo bajo control, algo que no se parecía a nada más en mi vida en ese momento.Me quedé de pie junto a la ventana, inmóvil, con la mirada fija en el caos de abajo. Los hombres se movían en filas cerradas y apresuradas. Se oían órdenes a gritos, el acero chocaba contra el acero, y en algún lugar a lo lejos, algo se rompió con la suficiente fuerza como para oírse hasta aquí.Intentaban entrar, otra vez. Era el tercer intento en un par de días, y, para ser sincero, no me preocupaba. En realidad, no. Una punzada de amargura me recorría el cuerpo, pero no era miedo, ni tampoco preocupación. Era irritación, fría, constante, que me recorría los
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