ReinaLos días posteriores al enfrentamiento en el pasillo transcurrieron en una extraña y frágil calma.No era pesimista, pero odiaba que esa calma me afectara de forma negativa. Intenté convencerme de que todo estaba bien, pero por mucho que lo intentara, esa inquietante sensación que me recorría la piel no desaparecía.Para colmo, no vi a Tamar. Ni en los pasillos, ni en las comidas, ni merodeaba por los lugares que solía reclamar como suyos. Eso, por sí solo, me inquietaba más que sus gritos.El silencio de Tamar nunca era paz. Era preparación, preparación para lo peor.Seguí con mi rutina, si es que se le podía llamar así. No tenía nada más que hacer, así que me la pasaba sola, dando paseos y merodeando, intentando con todas mis fuerzas no fijarme en las miradas de la gente que no sabía si inclinarse o apartar la vista.Eso también me inquietaba. Una tarde, necesitando aire más que paredes, me escabullí al patio interior. La luna brillaba en lo alto del cielo, bañando todo con un
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