Reina
Caine no me dejó descansar mucho. Su peso aún me mantenía pegada al terciopelo, su respiración por fin se había calmado, pero la mano en mi garganta no había aflojado su agarre posesivo. Me sujetaba como si temiera que fuera a desaparecer.
Yo era un charco de nervios agotados y músculos doloridos, mi piel vibraba con el eco de su tacto.
"Te estás desvaneciendo, muñeca", murmuró, su voz un gruñido bajo y vibrante contra mi piel húmeda.
"Estoy cansada, Caine", logré susurrar, mis ojos cerrá