Ana revivía el doloroso suceso una y otra vez.Había días en los que juraba encontrar el cuerpo de su hija en medio de la sala. Caminaba despacio, con la mirada perdida, como si en cualquier momento fuera a verla ahí.Abrazaba la nada y se aferraba a ella.Ese día, al escuchar unas detonaciones a lo lejos del jardín, tanto su cuerpo como el de Adriel entraron en una especie de trance.El sonido seco de los disparos rompió el aire.La mujer mayor no paraba de gritar y llorar el nombre de su hija. Su voz se desgarraba en cada llamado, mientras sus manos temblaban sin control. Caminaba de un lado a otro, sin rumbo, como si buscara algo que ya no existía.—¡Stephanie! ¡Stephanie!Mientras tanto, Adriel se quedó inmóvil, de pie en medio del pasillo, viendo la nada.Ni siquiera parpadeaba.El especialista le dijo que tenía trastorno postraumático. La impresión, el dolor, era tan desmedido que su cerebro comenzaba a mostrarle escenarios inexistentes.Lo preocupante ocurrió cuando la enfermer
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