Cuando Amelia y Luca bajaron las escaleras, la energía entre ellos era casi eléctrica. Amelia lucía radiante, con una vitalidad que nadie hubiera sospechado horas antes. Luca, aunque exhausto por la intensidad del encuentro en la habitación, caminaba con el pecho erguido, sin poder apartar las manos de la cintura de su mujer.Alessandro, sentado a la cabecera, carraspeó con una sonrisa socarrona.—Se non vi dispiace, avremmo fame (Si no les importa, tenemos hambre) —bromeó el tío, rompiendo el hechizo de la pareja.La cena comenzó entre risas y el aroma de los platillos tradicionales. Pero antes del brindis principal, Luca se puso en pie. El salón quedó en silencio. Miró a los cuatro hijos de Amelia, uno por uno.—Sé que el camino para llegar aquí ha sido difícil —comenzó Luca, su voz firme pero cargada de emoción—. Luciana y Mateo ya me llaman papá, y es el honor más grande de mi vida. Emilio, estamos reconstruyendo lo que el tiempo rompió. Memo... entiendo que para
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