Cuando el auto se detiene frente a mi casa, el cielo ya está oscuro. Las luces del jardín iluminan la fachada con ese tono cálido que siempre me hace sentir que estoy regresando a un lugar seguro.Daniel apaga el motor, pero ninguno de los dos se mueve de inmediato.El día se pasó demasiado rápido.Entre el desayuno, las bromas, el paseo improvisado por la ciudad y ese extraño placer de no tener que correr a ningún lado, las horas simplemente se deslizaron.Lo miro.Él ya me está mirando a mí.—¿Qué? —pregunto, cruzando ligeramente los brazos, fingiendo sospecha.Daniel sonríe de lado.—Nada… solo estaba pensando que debería darte más días libres.—Abuso de poder otra vez.—Ventajas de salir con el jefe.Ruedo los ojos, pero no puedo evitar reír.Antes de que abra la puerta del auto, su mano se desliza hacia la mía y tira suavemente de mí. Me inclino hacia él y sus labios encuentran los míos en un beso breve, cálido, tranquilo. Nada ap
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