Esa noche no pasó nada fuera de lo normal.Cené poco, me duché, revisé el celular sin responder a nadie y me dormí temprano. No pensé en Daniel. O eso quise creer. Tampoco en Erik. Me repetí que solo era trabajo, que todo estaba bajo control.Al día siguiente llegué a la oficina más temprano de lo habitual.Esta vez no fui a la oficina de Erik. Subí directo al último piso y me quedé esperando afuera de la oficina de Daniel. No entré. No toqué. Simplemente esperé.Pasaron varios minutos.Cuando por fin apareció, venía tranquilo. Demasiado. Su expresión era relajada, como si el día anterior no hubiera existido. Aun así, había algo en él que no cambiaba nunca: esa mirada intensa, fija, que parecía ver más de lo que uno quería mostrar.—Buenos días, señorita Valeria —saludó.—Buenos días, señor Hayes —respondí, manteniendo la distancia.Asintió apenas.—Ven —dijo—. Te mostraré tu nueva oficina.Pensé que iríamos al elevador. Que bajaríamos a los p
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