Horas después del encuentro, cuando el Príncipe creía que ella dormía, Liyeth se levantó en silencio. El vientre le quemaba, no con dolor, sino con una pulsación rítmica, como si un segundo corazón estuviera intentando sincronizarse con el suyo. Se deslizó hasta el baño y, bajo la luz mortecina de la luna, se despojó de la camisa de seda. Allí estaba. Justo encima de su vientre, la marca ya no era roja; ahora era un trazo de un negro tan profundo que parecía absorber la luz de la habitación. No eran simples cicatrices, eran runas , el lenguaje prohibido de los Caídos. Aunque Liyeth nunca había estudiado lo oculto, su sangre de ángel reconoció la blasfemia. La marca se dividía en tres verdades aterradoras que empezaron a grabarse en su mente como susurros de ultratumba: El sello de posesión de Aztharoth: El trazo superior, que rodeaba su ombligo como una corona de espinas, significaba que su alma ya no pertenecía al Reino de la Luz. Ella había sido reclamada. Para el Infierno,
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