La sala de operaciones había adoptado una cualidad casi reverencial en las últimas horas, como si el aire mismo hubiera decidido contener la respiración ante lo que estaba por venir. Gabriel observaba las proyecciones holográficas que flotaban sobre la mesa central, cada una mostrando datos que hasta hace setenta y dos horas habrían parecido imposibles: trayectorias de naves, cálculos de interceptación, probabilidades de éxito que oscilaban entre el sesenta y tres y el sesenta y ocho por ciento dependiendo de variables que cambiaban cada quince minutos.Mei se movía entre las estaciones de trabajo con una precisión que rayaba en lo mecánico, verificando cada sistema, cada protocolo, cada contingencia que habían diseñado durante las últimas tres semanas. Su cabello, habitualmente recogido en una trenza perfecta, mostraba mechones sueltos que ella ignoraba sistemáticamente,
Leer más