—¿Qué hay de la daga? —retomó sus preguntas a milímetros de sus labios.
Agitada, aturdida y sonrojada.
—Era la única herramienta que la diosa tenía para controlarme, la daga no puede matarme, solo puede dormirme... Siglos, Bambi. Siglos perdido en la oscuridad, sin ti, sin tenerte a ti así, sin ver crecer a mis hijos, hasta que nuestros cachorros me trajeron de vuelta. Pero ahora nadie va a separarnos.
Sus embestidas se volvieron salvajes golpeándola en un ángulo perfecto. Katherine se aferró a