InglaterraLos días en la villa costera habían transcurrido con una calma tensa, como la superficie de un lago que oculta corrientes profundas. Ricardo había pasado las jornadas encerrado en su despacho, haciendo llamadas, recibiendo informes, confirmando una verdad que le quemaba las entrañas: Walter estaba saqueando la empresa. El legado de su esposa, de su familia, se desmoronaba pieza por pieza mientras él permanecía a kilómetros de distancia, cultivando manzanas.Pero ya había tomado una decisión. No podía quedarse de brazos cruzados.Mandó llamar a Matías, que estaba en el internado. Cuando el chico llegó esa noche, se encontró con una mesa servida con esmero, velas encendidas y un ambiente que no era de celebración, sino de despedida.—Hola, pa —saludó Matías, dejando la mochila en una silla y tomando asiento frente a su padre.—Hola, hijo —respondió Ricardo, esbozando una sonrisa que no lograba ocultar la preocupación—. ¿Cómo te ha ido en la escuela?—Bien, normal. —Matías com
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