El desafío quedó suspendido en el aire pesado de la suite. Alessandro Bianchi la observaba desde la altura de su metro noventa, con las facciones tensas por una furia que era puramente posesiva. —Te voy a dar exactamente lo que viniste a buscar, Metaxis —sentenció el capo, su voz descendiendo a un registro grave que vibró directo en el vientre de Daryel—. Pero el precio de acceso a mi cuerpo se paga con la entrega total de tu orgullo. Te quiero de rodillas. Daryel no pestañeó. Su pulso se aceleró, sí, pero su mente ejecutiva se activó a la velocidad del rayo. Esta era la brecha. Si Alessandro creía que exigiéndole sumisión la iba a quebrar, ella usaría esa misma sumisión como una pantalla de humo. En lugar de retroceder o suplicar, Daryel sostuvo la mirada avellana del capo. Con una parsimonia calculada, se deslizó hacia el borde de la cama. Sus movimientos eran los de una mujer que toma una decisión ejecutiva en una junta de negocios, no los de una víctima. Se dejó caer de rodil
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