Sigo.Hubo una mañana en la que ella despertó con una sensación extraña, casi imperceptible, pero persistente. No era ansiedad, tampoco entusiasmo. Era algo más sereno, más profundo: la certeza de que ya no estaba esperando que algo externo viniera a ordenarle la vida. El orden, con sus imperfecciones, ya estaba dentro.Se quedó unos minutos mirando el techo, escuchando los sonidos habituales que antes ignoraba: el murmullo lejano de la calle, el reloj marcando el paso del tiempo sin urgencia, su propia respiración acompasada. En otro momento habría tomado el teléfono de inmediato, buscando estímulo, distracción, validación. Ese día no. Ese día se permitió estar ahí, completa en ese instante mínimo.Se levantó sin prisa. Preparó café. Abrió la ventana. El aire entró con una suavidad que le recordó algo simple y contundente: seguir viva no tenía por qué sentirse como una carrera.En el trabajo, una situación tensa puso a prueba todo lo que había aprendido. Un error ajeno amenazaba con
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