La enfermera llegó hasta donde estaba Leandro, que permanecía embobado mirando a sus gemelos mientras Agatha dormía profundamente. La habitación estaba en silencio, apenas interrumpido por la respiración suave de ella y los pequeños sonidos que hacían los recién nacidos al acomodarse en sus cunas.—Señor San Marco —susurró la enfermera con delicadeza.Leandro levantó la vista, todavía con los ojos brillantes.—Dígame.—Su hermano pregunta si desea compartir habitación. Así estarán juntas las señoras.Por un segundo miró a Agatha, luego a sus hijos. Sonrió.—Me parece bien.—Está bien, le informaré. En un momento, cuando ella despierte, los cambiaremos.—Está bien, gracias.La enfermera salió sin hacer ruido.Leandro volvió a mirar a Agatha. Se acercó despacio, tomó su mano entre las suyas y apoyó los labios sobre sus nudillos.—Mi niña… no sabes lo feliz que me has hecho. Te entrego mi vida, mi fortuna, mi empresa… te entrego mi alma. Eres todo para mí, mi niña.Besó su mano mientras
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