El sonido de la puerta del auto al cerrarse fue definitivo. Un golpe seco, metálico, que separó el silencio de su vida anterior del caos que la esperaba afuera.Isidora Almonte respiró hondo. El aire acondicionado del vestíbulo del Gran Hotel Ritz golpeó su piel, pero no sintió frío. Por primera vez en meses, el frío no venía de adentro.—Señora Franzani —dijo el valet, ofreciéndole una mano enguantada.Isidora ignoró la mano. No necesitaba ayuda para caminar. No esta noche.Bajó del vehículo con la precisión de una bailarina y la firmeza de un soldado. Sus tacones de aguja, finos como estiletes, resonaron contra el pavimento con un ritmo constante. Clac. Clac. Clac.No miró hacia los lados. Sabía que los fotógrafos estaban allí. Podía sentir el calor de los flashes estallando como tormentas eléctricas a su alrededor, cegadores y hambrientos. Escuchaba los gritos de los periodistas, una masa informe de voces exigiendo una mirada, una sonrisa, un trozo de su alma.En el pasado, la antig
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