El escondite que los Romanov construyeron bajo tierra es algo que deja a cualquiera con la boca abierta. Es una construcción increíble, hecha con paredes tan gruesas y fuertes que parecen preparadas para que nada, ni siquiera el peor de los ataques, pueda atravesarlas. Es el reflejo perfecto del miedo constante en el que viven estos hombres, un lugar creado por la desconfianza. Dentro, unas luces de un color naranja suave lo iluminan todo, pero de una forma extraña; hacen que la cara de las personas se vea pálida y enferma, como si todos tuvieran fiebre o fueran figuras de un sueño que no es real.El aire que se respira allí abajo se siente distinto al de afuera. No es aire fresco, sino un aire que pasa por máquinas para que siempre esté limpio, lo que le da un olor extraño, como a metal o a limpieza profunda semejando un hospital. A ese aroma se le suma el olor dulce a vainilla que sale de las cajas de comida que Bertha está sacando. Ella se mueve rápido, casi sin pensar, acomodando
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