La oficina del piso veintidós de Fontaine Industries poseía ese viernes por la mañana una cualidad que Cassandra no había anticipado durante los últimos cuatro meses de su reconciliación forzada con Sebastián: ese silencio corporativo desprovisto de la amenaza metálica que había caracterizado cada encuentro con Richard Fontaine, reemplazado por algo más perturbador en su aparente normalidad.El funeral había sido el día anterior. Ceremonia privada, veinte personas máximo, ningún discurso emotivo. Richard Fontaine había muerto como había vivido: con eficiencia calculada, sin dramáticos últimos momentos ni reconciliaciones cinematográficas. Un infarto masivo a las tres de la madrugada, muerte instantánea, cuerpo descubierto por su asistente personal a las seis cuando llegó a preparar el café matutino como llevaba haciendo dura
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