Minutos antesSeo-jun observó la pared con impaciencia. El reloj, imponente, parecía burlarse de él mientras las agujas avanzaban con exasperante lentitud. El tic-tac resonaba en sus oídos, acentuando la creciente frustración que le oprimía el pecho. La recepcionista, con su ritmo parsimonioso y actitud distraída, continuó verificando su identidad como si aquel fuese el único trámite importante en el mundo.—Por favor, señorita, ¿podría apresurarse un poco? —pidió con una voz que, aunque calmada, delataba la tensión acumulada en su estómago.La mujer levantó una mano, pidiéndole silencio mientras hablaba por teléfono con la secretaria del CEO, por completo ajena a su evidente incomodidad.»Mire que ya tengo casi dos horas de retraso —añadió él, cruzándose de brazos, pero ella no pareció escucharlo.La recepcionista alzó la mirada, sus ojos cansados y desinteresados no captaron la ira sutil que chispeaba en los de Seo-jun.—¿Cómo me dijo que se llamaba? —preguntó, sin dejar de hablar p
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