La noche se había convertido en el territorio natural de Gerald. Era cuando las decisiones más oscuras se tomaban con mayor claridad, cuando el mundo parecía guardar silencio para no delatar a nadie. En su despacho, solo la luz de las pantallas iluminaba su rostro serio, muy distinto al hombre provocador que Milenne conocía.Ahí no había sonrisas.Solo cálculo.Los informes se desplegaban uno tras otro frente a él: órdenes de búsqueda, rastreos financieros, movimientos policiales, nombres marcados en rojo. Diez reos habían escapado durante el motín, diez sombras desperdigadas por el país... y, sin embargo, casi todos los recursos estaban puestos sobre uno solo.Hernan Castillo.Gerald frunció el ceño.—No tiene sentido —murmuró.Con un gesto preciso, llamó a su gente. No policías. No funcionarios. Personas que existían en la frontera entre lo legal y lo invisible. Aquellos que no hacían preguntas cuando el dinero y el poder hablaban con claridad.—Quiero que desaparezca —ordenó—. Todo
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