Lo miré, entre entretenida e impotente.—¿Qué pasa? Si quieres decir algo, dilo. ¿Qué hay entre nosotros que no podamos hablar?Mateo cerró la boca y, después de una pausa, habló:—En realidad, Javier tiene contactos en Valkitlaz. Y esta noche, con el banquete, todo el mundo está concentrado en el centro de la finca… incluso han movido como a ocho de cada diez guardias allí.En cuanto lo escuché, sentí que la rabia me subía, y le pregunté, con una sonrisa que no era de alegría:—¿Y?Mateo me miró fijamente por un buen rato, como si le costara decir lo siguiente.—Y… con esos contactos, si él te sacara de aquí…—¡Basta!Me volteé, ya sin ganas de escucharlo. "Qué fastidio." Nosotros habíamos dicho que, pasara lo que pasara, íbamos a estar juntos… y él volvía con eso.Ese hombre era una contradicción: por un lado le aterraba que yo me fuera con Javier, y por el otro, se convencía de que "sería mejor" que yo me fuera. Habían pasado tantos años y él seguía igual de enredado, e igual de tor
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