No lo derribó, pero dejó claro el punto. —Demasiada intención —dijo ella sin soltarlo—. Eso te delata. Luego lo soltó, y los demás, que ahora observaban en silencio absoluto, sin rastro de risas, siguieron cada movimiento mientras Olivia se volvía hacia el grupo.—Si quieren sobrevivir, no basta con fuerza. Deben pensar antes de moverse. Controlar el pulso. Controlar la respiración. Controlar la rabia.Salazar permaneció a su lado, serio, pero con algo distinto en la mirada; no era molestia, sino admiración… y algo más peligroso.—Empiecen —ordenó Olivia.El aire se tensó de inmediato, y el sonido de los golpes comenzó a llenar la sala con una cadencia firme y constante. Puño tras puño impactando contra el cuero de los sacos, sin titubeos, sin vacilaciones, como si cada uno de ellos estuviera descargando algo más que fuerza: rabia, presión, necesidad de demostrar.Y entre ese ritmo, casi como si naciera del propio eco del entrenamiento, una voz baja se alzó, seguida por otras, convirt
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